¿Cuál Es La Diferencia Entre Una Dieta Y Un Plan Alimentario Personalizado?

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    No existe una alimentación «ideal» pero al menos sabemos cuáles dietas no funcionan a largo plazo. Tienen nombre y apellido: dietas hipocalóricas. “Hipocalóricas” hace referencia a la cantidad de calorías, aspecto jerarquizado como el principal objetivo: reducir las calorías que come la persona.

     

    Quienes han sufrido obesidad seguramente se sometieron a este tipo de dietas. En el desayuno se suele indicar una infusión con leche descremada en conjunto a galletas de arroz o tostadas «light e integrales” con queso descremado y mermelada sin azúcar.  En las colaciones frutas, turrones o barritas de cereal. En el almuerzo se prescriben carnes magras o pollo sin piel con arroz integral o ensaladas. También incluyen caldos light, bebidas endulzadas y postres sin calorías como la gelatina light.

     

    Estas dietas simplifican la complejidad de la conducta alimentaria humana y las vías metabólicas a un cálculo numérico de calorías. El objetivo principal que persiguen al reducir las porciones o quitar las grasas es lograr un balance energético negativo.

     

    ¿Las dietas hipocalórica consiguen que la persona pierda peso? Habitualmente si, el problema son los efectos colaterales que pueden producir:

    Cambios en el gasto metabólico

    El organismo interpreta la restricción como un período de escasez por lo que activa mecanismos ahorrativos. Disminuye la temperatura, reduce la reparación de células y tejidos, entre otros recursos para reducir el gasto metabólico. Además incrementa los niveles de hormonas pro-hambre, reduce las de saciedad y optimiza la ganancia de grasa. Este proceso adaptativo explica las “mesetas” y el popularmente llamado “efecto rebote” que genera frustración y decepción. Importante: no es la culpa del paciente. Lo que fracasa es la dieta.

    Insatisfacción, hambre y otros problemas

    Al quitar gran parte de la grasa de los alimentos se reduce el sabor y el poder de saciedad. Las porciones reducidas y poco saciantes generan insatisfacción. En algunas personas aumenta la percepción de hambre y sus manifestaciones: irritabilidad, ansiedad, fatiga, apatía y falta de energía. También se genera una “deuda de hambre” que se cobrará tarde o temprano. En personas susceptibles desencadenan atracones o ingestas impulsivas (picoteo) que contribuyen a la recuperación de peso posterior.

    No permiten la deshabituación de productos sobreestimulantes

    Suelen indicarse los mismos alimentos (y productos ultraprocesados) que llevaron a la persona al problema actual. Eso sí, en menor dosis o con menor cantidad de grasa y azúcar. A veces incluso se prescriben golosinas ¡en forma diaria! Esto impide la incorporación de alimentos reales.

     

    Decile adiós a las típicas dietas centradas en calorías y enfocate en la solución real. No dudes en contactar a un profesional para que te guíe en este cambio de hábitos. 

     

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